Delantal promocional de Burlesquimeras: Institutrices de belleza universal diseñado por Emilio Rapp, impreso por Islandia, y conservado durante 10 años en el desmadre de Chichis Glam. (Fotografía digital de Islandia, 2019)

Sobre la labor de las guardianas entre las caguamas

Por Carina Guzmán (Islandia)

Sobre la labor archivística e historiográfica de las guardianas entre las caguamas

1. Introducción

Hace décadas una cervecera mexicana popularizó el nombre “Caguama” para llamar a las cervezas en envase de 1 litro. Tomaron el nombre común de una tortuga marina (cuyo nombre científico es Caretta caretta–ahora considerada especie vulnerable a la extinción,) dada su voluminosa cabeza. De tal forma que desde hace años la palabra se ha hecho sinónimo de cerveza grande, y así lo uso en este texto. A su vez, la frase “las guardianas entre las caguamas” es una adaptación que hice del título de la célebre novela El guardián entre el centeno del estadounidense J.D. Salinger. La novela se llama así porque el personaje principal cuenta que se imagina a sí mismo en un campo de centeno rodeado de niñxs que juegan y de quienes es responsable de cuidar para que no caigan a un abismo cercano. Así como este personaje es un guardián quien entre espigas de centeno cuida que no desaparezcan niñes, aquí hablo de quienes–entre envases de cerveza–cuidan que no desaparezcan en el abismo de la basura y el olvido los objetos que dan cuenta de una vida nocturna al margen del margen. Por último, como explicaré en los siguientes párrafos, la frase “la labor archivística e historiográfica de las guardianas entre las caguamas” es un intento de traducir algo que en inglés he llamado “stor(y)ing”: un verbo que indica la combinación de albergar, archivar o almacenar (store) con el contar un cuento o historia (story).

 

Chichis Glam en la mesa de materiales de Meras efímeras en el 2do Festival Lésbico organizado por Martha Cuevas en el Cabaré-Tito VIP, disco gay de la Zona Rosa, en la Ciudad de México. Fotografía: Islandia, 2006.
Chichis Glam en la mesa de materiales de Meras efímeras en el 2do Festival Lésbico organizado por Martha Cuevas en el Cabaré-Tito VIP, disco gay de la Zona Rosa, en la Ciudad de México. Fotografía: Islandia, 2006.

2. Vida nocturna al margen del margen: comunidades feminizadas dentro de la disidencia sexual

En un pasado cada vez más remoto, pertenecí a un grupo de amigas muy comprometido que nos dedicamos a organizar eventos de vida nocturna para lesbianas en la Ciudad de México. Organizamos fiestas lésbicas (abiertas a todo el público) y profeministas que, además de música, baile y bebida, procuramos que tuvieran algún cabaretito: ya fuera un recital musicopoético, una obra de teatro, la presentación de alguna artista, etc. Al cabo de unos años llegamos a montar y estelarizar shows de burlesque seguidos de una pachanga. Esta labor significó colaborar con una variada red de artistas invitadxs, y al no contar con un local propio, hicimos trato en un sinfín de espacios -legítimos e improvisados- para estos eventos… por ejemplo, la azotea de la casa de la abuela que se encontraba de vacaciones, casas okupas, casas de cultura, boutiques y bares de corte roquero/bohemio, entre muchos otros. 

Este es un ejemplo de como, para las comunidades femeninas y/o feminizadas dentro de la disidencia sexual, como la lésbica o la transfemenina (entre otras), la oferta de vida nocturna y eventos artístico/lúdico/políticos suele depender de la autogestión, negociación e improvisación. Los bares y discotecas gays son espacios en los que dichas comunidades tendrían la expectativa de ser bienvenidas; al menos esa es la intención que expresan algunos, o en ciudades como la capital mexicana, es su obligación dadas las leyes de antidiscriminación. Sin embargo, la cultura de los centros nocturnos gays reflejada en el trato, el show, la música, los precios, etc, puede resultar incómoda e inclusive hostil para este público. El abrirnos las puertas como clientas o como artistas para dar un show, no siempre resulta en que nos sintamos del todo bienvenidas; a final de cuentas estos espacios son negocios y no tenemos el perfil del cliente para el cual fueron creados. Así que dentro de lo posible dadas las limitaciones materiales, históricamente las lesbianas y mujeres trans (entre otras) generamos vida nocturna y espectáculos bajo lógicas, dinámicas económicas y culturas distintas, destinadas a ser periféricas al de por sí periférico mundo de vida nocturna gay. 

Según mi experiencia, cuando una crea sus propios espacios de vida nocturna, no se tiene “el lujo” de ser clienta porque hay que hacerlo todo: planeación, negociación, organización, logística, lo técnico y la promoción. Esta labor va dejando una variedad de objetos materiales y digitales como contratos, libretos, escaletas, recibos, fotografías, videos, medias rotas, playlists, cartones de cerveza, cartas de amor, mails de odio, notas de prensa y todo lo relacionado a la promoción incluyendo volantes, stickers, afiches, entrevistas, playeras, blogs y calendarios, entre muchos otros. 

En los últimos años me he puesto a pensar con mucho detenimiento: ¿Qué es de estos objetos después del evento y qué es de ellos tras varios años? 

La mera verdad es que casi todo se pierde. Pero no por eso es ociosa mi pregunta; deja ver el carácter contradictorio de estos objetos efímeros que son a la vez basura y fuentes históricas. Si terminan desechados o conservados depende de la voluntad de quien los tenga en mano al final de la noche. Entonces la pregunta inicial se desdobla: ¿Quién y por qué atesora estos objetos… dónde, cómo y para quién los guardan?

 

Azotea de la Ciudad de México en proceso de convertirse en espacio para la primera fiesta lésbica organizada por Meras efímeras. Fotografía: Islandia, 2005
Azotea de la Ciudad de México en proceso de convertirse en espacio para la primera fiesta lésbica organizada por Meras efímeras. Fotografía: Islandia, 2005

3. Mi desmadre: una fuente

Algunos de los objetos arriba descritos, provenientes de una vida nocturna al margen del margen, sobreviven al bote de basura porque alguien los valoró al grado de dedicarles un espacio en un rincón de su habitación, su maleta o su disco duro. Estas son las primeras dos etapas de lo que llamo “stor(y)ing” o la labor archivística e historiográfica de las guardianas entre las caguamas. En la primera etapa, hay una guardiana quien (probablemente de entre caguamas) conserva algún objeto efímero -físico o digital- del olvido; lo hace para evitar que desaparezca uno de los pocos rastros del evento nocturno autogestivo. En la segunda etapa, ella integra el objeto a aquel dispositivo comúnmente conocido como mi desmadre; o sea, la colección de materiales efímeros, que son a la vez basura y fuentes históricas, que al paso de los años y gracias a los cuidados de la guardiana, se convierte en un acervo. 

Tener y procurar un desmadre (así como organizar fiestas lésbicas, shows travesti o de burlesque y demás eventos nocturnos) va en contra del orden, la razón, la higiene, y demás requisitos para una vida productiva, normal y deseable desde el punto de vista hegemónico (es decir, masculino, heterosexual, capacitista, cisgénero, eurocéntrico, colonial-moderno, racista, clasista, positivista y capitalista). Por lo tanto, propongo que mi desmadre es en sí un concepto/espacio/práctica utópico, latinoamericanista, feminizado, contralógico y disidente. 

Quienes lo tenemos sabemos que, aunque aparenta estar en desarreglo, mi desmadre tiene un orden interno precisamente porque es mío y porque valoro su contenido como fuente histórica. O sea, se trata de mi desmadre, y no un desmadre (espontáneo, cualquiera). Si es mío, el desmadre está estructurado por mi lógica y mi experiencia feminizada, disidente y marginalizada. Si el acervo está desmadroso es más por la naturaleza de los objetos que contiene (repito: podrían ser basura) que por una falta de sistematización.          

En la tercera y última etapa del “stor(y)ing”, o la labor archivística e historiográfica de las guardianas entre las caguamas, la guardiana busca la permanencia de su acervo; que pueda conservarse para la posteridad y que esté disponible para consulta ya que se trata la única fuente para la historia que cuenta. Esto puede suceder de distintas formas. A veces la guardiana reúne su desmadre para dejarlo bajo el cuidado de una compañera o de un archivo comunitario. A veces, utiliza una cuenta de Instagram, por ejemplo, para exhibir y comentar los objetos de la colección. O bien, la guardiana, junto con otras de su comunidad, y en alianza estratégica con instituciones públicas o privadas (como universidades, archivos burocráticos, bibliotecas, gobiernos locales, fondeadoras, etc), crea un archivo más bien formal con un sistema de clasificación.

 

Delantal promocional de Burlesquimeras: Institutrices de belleza universal diseñado por Emilio Rapp, impreso por Islandia, y conservado durante 10 años en el desmadre de Chichis Glam. Fotografía: Islandia, 2019.
Delantal promocional de Burlesquimeras: Institutrices de belleza universal diseñado por Emilio Rapp, impreso por Islandia, y conservado durante 10 años en el desmadre de Chichis Glam. Fotografía: Islandia, 2019.

4. Ética, heurística y hermenéutica de mi desmadre

Un posible punto de tensión en estas alianzas se genera por la expectativa (o demanda) de las instituciones de que todos los materiales estén digitalizados y disponibles en plataformas de acceso abierto. O sea que cualquiera pueda acceder a dichos materiales y hacerlos circular sin restricciones en internet. Esto resulta ser un arma de doble filo que puede ser usada para rescatar y conocer la historia de estas comunidades marginalizadas, como también puede ser usada para atacar a las mismas. Sobran ejemplos de imágenes y textos históricos que sirven para ridiculizar, perpetuar la discriminación y ejercer violencia misógina, homofóbica y transfóbica. En otras ocasiones, a través de la descontextualización, los materiales son usados para atacar al colectivo, o personalmente a integrantes de la comunidad. Es decir, el riesgo de nuestra existencia misma como integrantes de una comunidad feminizada dentro de la disidencia sexual se transfiere o traduce al contexto virtual.  

Asimismo existe el riesgo más íntimo de faltar al respeto de la comunidad misma y a sus integrantes al poner estos materiales a disposición del público del internet. Por ejemplo, cuando el video histórico del show de una compañera aparece en Instagram o en un catálogo abierto, sin que se le consulte a ella primero. Quien lo publica en línea seguramente lo hace con las mejores intenciones de celebrar y homenajear a su compañera y comunidad. Sin embargo, quien publica quizás ignore que la protagonista no quiere (o no hubiera querido) que se conozca aquel video por una variedad de posibles razones: porque ya no refleja sus principios políticos, su identidad artística o de género, porque cambió su nombre y quiere que se sepa cuál era el anterior, porque sale con su ex a quien ahora le incomoda ver, o porque le avergüenza la calidad de un video que desvirtúa la espectacularidad de su presentación en vivo, etc.

Una hoja del archivo más bien ordenado de Pat Pietrafesa. Volantes para una de las primeras presentaciones de Kumbia Queers en México en el 2007. Fotografía: Pat Pietrafesa, 2020.
Una hoja del archivo más bien ordenado de Pat Pietrafesa. Volantes para una de las primeras presentaciones de Kumbia Queers en México en el 2007. Fotografía: Pat Pietrafesa, 2020.

Lo anterior genera una larga serie de preguntas para seguir reflexionando sobre la labor archivística e historiográfica de las guardianas entre las caguamas. Algunas son: ¿Qué protocolos para consulta interna a la comunidad desarrollan las guardianas durante su labor de crear archivos abiertos al público del internet? ¿Deben circular estos materiales históricos libremente en internet? ¿Qué medidas implementan las guardianas para controlar quién tiene acceso al archivo digital? ¿Qué hacen las guardianas para “cuidar” a su comunidad cuando sus materiales históricos pueden circular por internet? Las respuestas se van generando sobre la marcha y según las dinámicas y políticas de cada archivo, de cada guardiana y su comunidad.   

Hasta ahora he descrito el “stor(y)ing” de mi desmadre como una labor archivística. Para concluir, añadiré que esta labor es también una contribución epistemológica al ejercicio historiográfico. El acervo de mi desmadre que eventualmente se convierte en algún tipo de archivo que garantiza su permanencia y la posibilidad de consulta, no solo permite que se escriba una historia en particular, sino que su existencia misma -como la he descrito arriba- hace ya una intervención sobre el concepto de evidencia en el que se basa la historiografía. Sostener que mi desmadre sea una fuente articula nuevas posibilidades de investigación, narración y divulgación críticas de la historia. Es decir, mi desmadre es un archivo que también actúa como narración histórica disidente. 

 

   

Fuentes:

 

Además de los trabajos que a continuación cito, este texto se basa en mi experiencia dentro de las colectivas Meras efímeras y Burlesquimeras. También está inspirado por la labor archivística e historiográfica de algunas amigas guardianas del contexto mexicano como Martha Cuevas, Tere Chang, Andrea Almaraz, Emilio Rapp, Chichis Glam y Artemisa Téllez; también destaco la labor fotográfica de Óscar Sánchez Gómez y Alejandra Mateos. Otras guardianas que me inspiran a lo largo del continente son Pat Pietrafesa y las del Archivo de la Memoria Trans en Argentina (IG: @archivotrans) y las del proyecto Colombia Trans History (IG: @ColombiaTransHistory). 

 

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