Donde ni un alfiler cabe

Por Artemisa Téllez

Minerva Valenzuela como Marilynares en Los Caballeros las Prefieren Presas. Foto: Islandia

Pocas veces se tiene ocasión de acudir a un estreno o a un cierre de temporada, aunque en este caso sólo hubo dos funciones, “las más importantes” dijo ladelcabaret y yo le creí. Pude llegar a la última, no me gusta ir a los estrenos porque todo lo que va a salir mal, sale mal ese día, además el cierre sabe más a fiesta, más en este caso en que había más gente que lo que jamás pudieron esperar o prevenir en Youkali Cabaret; decir lleno total, es quedarse demasiado corta: todas las sillas y mesas ocupadas, las paredes y las columnas tapizadas de gente recargada ahí y en la parte de atrás, varias filas de espectadores de pie. Una fiesta.

Semanas antes nos habíamos organizado para estar ahí. Las obras de ladelcabaret son una de esas actividades extracurriculares a las que procuro asistir cada año con mis alumnas del Taller de Cuento Erótico para Mujeres, además había invitado algunas amigas, exalumnas y alumnas de otros talleres. El día de la presentación cené con algunas de ellas en un lugar cercano, Youkali se encuentra un poco escondido a los ojos neófitos y aunque es rico en bebidas espirituosas, es un pésimo lugar para comer, sobre todo si se es vegetariana.

Una hora antes de que empezara el show me habían llamado varias alumnas y amigas y me dijeron que el lugar estaba abarrotado y que si no me apresuraba no tendría dónde sentarme. Pedí que me comprarán cinco boletos y que me esperaran chupando tranquilamente, yo llegaría pronto… Entramos tan sólo unos cuantos minutos antes de las nueve. El lugar estaba abarrotado, eso me dio felicidad; así debe ser siempre un cierre de temporada, sin importar cuántas funciones haya habido; deberíamos sentir todxs de esa urgencia de ir a ver cada espectáculo; ahora o nunca, sin importar si se va a volver a estrenar o si se puede ver en otro momento en otro lugar, todo espectáculo necesita sensación de urgencia, mucho más si es cabaret.

Nos sentamos en la mesa de Brissia, también cabaretera y amiga, que había estado apartando lugares desde hacía dos horas y que en los últimos minutos había tenido que defenderlos con uñas y dientes de muchxs que llegaban con intención de sentarse. No nos reprochó nada. Las demás estaban sentadas donde pudieron, dispersas por el lugar nos saludaron levantando copas y cascos a lo lejos. Rápidamente pedimos algo de tomar y dieron  primera llamada.

Volante de Los caballeros las prefieren presas de Minerva Valenzuela ladelcabaret

Siempre voy a ver a Minerva Valenzuela, ladelcabaret, desde que la conocí hace más de diez años en un taller de burlesque que tomamos juntas. Compartimos fiestas, varias pedas, muchas amigas… Con el tiempo el feminismo y el vegetarianismo nos acercaron más y más. Cada vez que coincidimos voluntaria o circunstancialmente decimos que si alguien nos hubiera predicho que íbamos a bordar juntas (ambas pertenecemos a Bordamos Feminicidios) o a intercambiar recetas de cocina jamás -¡nunca!- le hubiéramos creído.

Siempre voy a ver a Minerva Valenzuela porque es una persona a la que quiero, admiro y que me hace feliz ver.

Siempre voy a ver a Minerva Valenzuela porque convoca mujeres buenas y enojadas como lo soy yo.

Siempre voy a ver a Minerva Valenzuela porque tiene la capacidad de moverme, conmoverme y convocarme  haciendo lo que ella hace: poner su cuerpo y su voz de mujer al servicio de los tantos otros explotados, confinados, secuestrados, asesinados, callados por la violencia.

Los caballeros las prefieren presas me cautivó desde el primer indicio, ya que tuve la oportunidad de compartir un par de ocasiones el proceso de Minerva: tenía una peluca y ganas de vestirse de Marilyn Monroe, tenía canciones que quería cantar y esas ansias y esa rabia que no se le terminan nunca de denunciar, denunciar, denunciar…

¿Qué sabes tú de las mujeres en situación de cárcel? Yo no le pude ayudar en nada, a Minerva no se le puede ayudar en nada. Ella, hija de Júpiter, es autócrata, autónoma y totalmente original. Ella pensaba sola,  ella bailaba a solas con este personaje que se le fue construyendo dentro, hasta que Marilynares vio la luz.

Para cuando dieron la segunda llamada nuestra mesa estaba llena de cervezas y cocteles. El ambiente estaba caldeado y la gente gritaba para que ladelcabaret saliera al escenario. Había demasiadas caras conocidas para mí, descansé cuando la luz se apagó del todo, entonces grité y aplaudí con esa exaltación desbordada que sólo se siente justo antes de que empiece el show. Surgió Minerva totalmente convertida en esa otra mujer rubia oxigenada, juarense valiente  y simpática que nos cuenta que tiene varios años de estar en la cárcel y que gracias a un reality show va a poder hablar de cómo es “allá dentro” y tal vez, hasta quedar en libertad si es, desde luego, por quien más votan las personas del público.

Marilynares y su público. Foto: Islandia

Así, fresca y rapidita, como si de cosa sencilla se tratara, ladelcabaret nos pone frente al poder masculino hegemónico, el patriarcado mercantilista y su colusión con los medios masivos de comunicación en los que los cuerpos de las mujeres, su sufrimiento y sujeción son exhibidos como en circo de tres pistas.

Marilynares canta y ríe y se enoja y nos deja ver -como en broma- que no le tiene fe al sistema y que debe de ser de nuevo otra de sus triquiñuelas, pero se presta. Se presta y sostiene la pizarra con sus datos, posa de frente y de lado, dice su nombre completo e interpreta cancioncillas moviéndose graciosamente. Voten por mí, dice sin ganas, pero guarda para sí, como en el fondo de la caja de Pandora, un algo retorciente y vivo de esperanza.

Una hora reímos con ella, nos familiarizamos con las historias de sus tantas amigas que por una cuota atrasada, un error del sistema, un favor a la persona equivocada, una promesa, una justa venganza quedaron a la sombra junto con las 13 mil mujeres de nuestro país a las que nadie ve.

Así que grité, chiflé, canté, sonreí, me reí y lloré tantito: de indignación y de tristeza porque aunque nunca vi a estas reclusas ni nunca supe si Marilynares cometió un delito o un crimen, sé que no hay, ni ha habido justicia alguna para las mujeres.

Las luces se apagaron sobre su peluca platinada. La música grabada comenzó a sonar muy fuerte, algunas apuraron sus copas y sus cuentas y se fueron corriendo. Otras salieron en grupos a fumar. Las demás pedimos otra, nos cambiamos de mesa y brindamos, bebimos, nos besuqueamos y abrazamos…

Mari sigue en la cárcel, a mí ya no se me olvida.

*Artemisa Téllez (Ciudad de México, 1979) Escritora y tallerista. Maestra en Letras Mexicanas (UNAM). Creadora y coordinadora del Taller permanente de Cuento Erótico para Mujeres. Autora de once libros entre los que se encuentran: Cuerpo de mi soledad (Aquelarre, 2010), Crema de vainilla (Voces en Tinta, 2014), Larga herida (et.al, 2018) y Casa sin fin. Bullicio de la memoria (Verso destierrO, 2018). artemisatellez.com